Vértigo es lo que se siente
al
dejarse caer
por
el precipicio abierto a tus caderas,
y
reconfortante es ir de sueño en sueño
y de
boca en boca
y
tirar
porque
me toca,
pero
que me quieran.
A veces cerrar heridas es abrir el pecho,
y en
esta revolución
pienso
disparar a matar
hasta
que a ti,
querido
miedo,
te
gane la guerra.
Mientras
tanto,
nosotros,
sobreviviremos
algún tiempo mas de la cuenta
lo
juro,
nadie
va a volver a arrancarte las alas.
Después
de tanta batalla
y
tanta lucha interna,
estoy
hecha un cuadro,
cuando
en realidad
debería
estar hecha un poema.
Lo
intenté una y otra vez
y aun
así,
no
consigo saciar mis ganas
por
dejarme morir en cada carcajada que esbozas,
y
suicidarme en todos y cada uno
de
tus abismos.
Supongo que por eso
sigo
sin poder explicarme
que
carajos entiende el mundo por arte,
si
ninguno ha visto todavía
la
cantidad de paisajes
que
te guardas ahí dentro.
Como
entender que en nuestro tiempo
dibujé
53 formas de decirte
que me hacías tan inmortal
y
eras tan cordura
que
contrastaba lo loca que me estaba volviendo (por ti).
Y
hablando de locuras
no
queda muy lejos el ir y venir
de
esa canción que escuchamos tantas veces
corriendo
por tus pestañas
mientras
te convertías en un músico
pudiendo
tocarme sin necesitar partitura alguna.
Siempre
he sido espectadora
de
primera fila
en
los conciertos que daban tus manos cada lunes o cada viernes,
deslizándose
por mi espalda
como
si no hubiera mañana
ni
verso,
ni
poeta con ganas para escribirlas.
Estaría
dispuesta a todo por traducir mis platos rotos,
por
recorrerte en cada viaje
y
así,
todos
los caminos dejarán de llevar a Roma,
para
llegar a tu cama,
que
aunque no tiene Coliseo,
ahí
mi amor libre mis mejores batallas.
Atisiempre.
María
Camila Pulgarin Pardo.
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